Recuerdos

09.01.2017

Hace tiempo fui voluntario en una granja de Irlanda. Los anfitriones eran una familia de alemanes que había vivido y criado a sus hijos en una caravana. Ulli era el padre de familia y tuvimos mucha afinidad, íbamos a recoger leña, a buscar grava para alguna construcción, encendíamos fuego...

Cada vez que veía una urraca se ponía malo, me contaba todas las maldades de ese pájaro, robos de huevos, incluso ataques a humanos en no recuerdo qué país. Me confesó que, a veces, se escondía en el fondo de un cobertizo con su escopeta y esperaba paciente a que una de ellas se pusiese a tiro. También me mostró orgulloso un trofeo de plumas de alguna que consiguió abatir.

Ya de vuelta a España, intercambiábamos emails periódicamente hasta que su mujer me escribió para decirme que Ulli había muerto de cáncer. Me dió mucha pena. Pero, a día de hoy, sigo recordándole con cariño cada vez que veo una urraca.

Y me resulta curioso que viva en lo que odió. Eso me hace pensar que el odio es sólo una forma más de canalizar nuestra energía. No lo defiendo, pero siento interesante hacerse consciente. Y que, tal vez, se nos asocie y recuerde por aquéllo a lo que dedicamos más energía, tenga ésta la forma que tenga. ¿O puedes pensar en el coyote sin el correcaminos?

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© 2016 Pablo Fernández Olea
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